
Amado Dios, este jueves amanece nublado en mi corazón. Hay una tormenta que no termina de pasar.
Ayúdame a ser fuerte. No con una fortaleza fingida, sino con la que nace de saberme amado por ti.
Tus promesas son ciertas. Nunca dijiste que no habría tormentas, pero sí que estarías conmigo en la barca, como con los discípulos en el lago.
La lluvia no durará para siempre. Después de la tormenta vuelve a salir el sol, y la tierra mojada da fruto. Creo que todo va a mejorar.
Salgo a este día con paraguas de fe. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
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