
Amado Dios, abrí los ojos y lo primero que quiero hacer es decirte gracias. Despertar es una dicha que no merezco y que tú me regalas cada mañana.
Que tu amor me acompañe en cada hora de este lunes. Que no me sienta solo en el camino al trabajo, ni en la reunión difícil, ni en el silencio de la tarde. Tú estás.
Que tu bendición descanse sobre mis seres queridos. Pienso en cada uno de ellos y los pongo ante ti: los que están bien y los que sufren, los que están cerca y los que viven lejos.
Que tu compañía sea constante durante los siete días de esta semana. No quiero buscarte solo el domingo; quiero sentirte en lo cotidiano, en la cocina, en la oficina, en la calle.
Hoy comienzo con alegría, porque el regalo de la vida es una señal de tu amor. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.