
Amado Dios, hay mañanas en que la tristeza se levanta conmigo, sin pedir permiso. Hoy es una de esas, y te la entrego sin vergüenza.
Llévate de mi corazón las preocupaciones que me quitan el aire. Algunas tienen nombre: un familiar enfermo, una deuda, una relación herida. Otras son una nube gris sin forma. Tú puedes con todas.
Dame fuerza para cumplir mis obligaciones aunque no tenga ganas. Dame valor para buscar ayuda si la necesito y para hablar con quien deba hablar. Dame sabiduría para no tomar decisiones importantes desde el desánimo.
Guía mi camino esta semana. Pon en él personas que me animen y momentos que me devuelvan la sonrisa. Y que yo también pueda ser alivio para alguien más.
Hoy confío en que la tristeza no tiene la última palabra; la tienes tú. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.