
Amado Dios, hay quien no amaneció hoy, y yo sí. Esta sola razón basta para empezar el lunes con un gracias en los labios. Gracias por el aire, por la cama donde descansé, por la luz que entra por la ventana.
Una semana nueva es un regalo sin abrir. No sé qué trae dentro, pero sé que viene de tus manos, y eso me da tranquilidad. Ayúdame a no desperdiciarla en quejas ni en preocupaciones inútiles.
Bendíceme en lo que emprenda. Que mis pasos vayan por donde tú quieres: hacia las personas que necesitan una palabra amable, hacia el trabajo que debo terminar, hacia la oración que tantas veces aplazo.
Llena estos días de alegría auténtica, de pequeños logros que me animen, de paz en mis relaciones y de lo necesario para vivir con dignidad. Y si algo me falta, que no me falte tu presencia.
Pongo este regalo de siete días en tus manos para que lo hagas fecundo. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.