
Amado Dios, este martes vengo a ti con humildad, reconociendo que no puedo solo. Te entrego mi vida, mis anhelos y lo que me hace falta.
Dame tu amor, que me sostiene cuando me siento poca cosa. Dame tu protección, que me guarda de peligros que ni imagino. No me desampares, Señor, ni en las horas de trabajo ni en los momentos de soledad.
Hoy, como siempre, necesito tu ayuda para hacer bien lo que me toca, tu guía para no perderme entre tantas voces y tu compañía para no sentirme abandonado.
Gracias porque nunca te cansas de que te pida lo mismo. Eres un Padre paciente que se alegra cada vez que tu hijo vuelve a buscarte.
Salgo a este día sabiendo que vas conmigo. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
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