
Amado Dios, hoy quiero hablarte de mi futuro. A veces me da miedo pensar en lo que vendrá: la vejez, la economía, la salud, el destino de mis hijos.
Tú me dices: no temas. Me lo repites en tu Palabra una y otra vez, porque sabes lo fácil que es para mí angustiarme por lo que todavía no ha pasado.
Me amas y me cuidas. Esa es la base de mi confianza. Si me cuidaste hasta hoy, no me abandonarás mañana. Tus promesas no caducan.
Lo que viene para mí, en tus manos, es bueno. Quizá no sea fácil, pero será bueno, porque tú sabes sacar bien de todo. Ayúdame a vivir el hoy con intensidad y a dejar el mañana en tus manos.
Salgo a este martes sin miedo, de tu mano. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
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