
Amado Dios, como Tomás frente a Jesús resucitado, hoy te digo: Dios mío y Señor mío. Te reconozco como dueño de mi vida.
Encomiendo este miércoles a tus manos. Que cada decisión que tome esté llena de tu sabiduría, incluso las más pequeñas.
Que cada paso que dé tenga tu dirección. No quiero ir por mi cuenta, sino por el camino que tú me muestres.
Y que a donde vaya goce de tu amorosa compañía. En el trabajo, en la calle, en casa, quiero sentirte cerca.
Empiezo este día reconociéndote como mi Señor. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
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