
Señor de la vida, en esta mañana de viernes abro mis ojos y mi corazón para saludarte. Gracias por haberme sostenido a lo largo de esta semana, por cada día que me regalaste y por la luz nueva que hoy entra por mi ventana. Antes de cualquier tarea, quiero ofrecerte este día que comienza.
Hoy, viernes, recuerdo con gratitud el amor que mostraste en la cruz. Tú no te guardaste nada, lo diste todo por mí. Que ese amor tan grande me ayude a llevar con paciencia mis propias cargas, y que no me queje de lo pequeño cuando tú cargaste tanto por amor.
Dame perseverancia para terminar bien lo que empecé esta semana. Cuando sienta el cansancio acumulado, renueva mis fuerzas; cuando quiera hacer las cosas a medias, recuérdame que todo trabajo hecho con amor es una ofrenda para ti. Que sea responsable, honesto y alegre en lo que me toque hacer hoy.
Te pido por quienes caminan a mi lado: mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo y mis vecinos. Bendice a los que llegan agotados al final de la semana, a los que no tienen con quién compartir su descanso y a los que esperan una buena noticia. Que encuentren en ti consuelo y compañía.
Enséñame a mirar a los demás con misericordia. Si hoy alguien me ofende, dame un corazón dispuesto a perdonar; si alguien necesita una palabra amable, que yo sepa dársela. Que mis manos estén abiertas para ayudar y mis labios prontos para bendecir.
Espíritu Santo, guía mis pasos en este viernes. Que mis decisiones estén llenas de prudencia, que mis palabras construyan y que, al caer la tarde, pueda mirar atrás y reconocer tu mano en cada momento.
Pongo en tus manos este día y el fin de semana que se acerca, confiando en tu amor fiel. Te lo pido por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.