
Amado Dios, en la quietud de esta noche reconozco que tengo guardados algunos sueños en un cajón. Los aparqué por miedo, por cansancio o porque la vida me llevó por otros rumbos, y a veces pienso que ya no tiene sentido desempolvarlos.
Pero tú eres el Dios que hace nuevas todas las cosas. Tú llamaste a Lázaro fuera del sepulcro y devolviste la esperanza a los discípulos que volvían tristes a Emaús. Si lo que anhelo es bueno y te agrada, ayúdame a creer de nuevo.
No te pido atajos ni golpes de suerte; te pido ánimo para dar el primer paso, constancia para no rendirme y humildad para aceptar si tu respuesta es otra. Lo que tú decidas siempre será mejor que lo que yo imagino.
Tú quieres verme sonreír, y eso me conmueve. Quita de mi rostro la tristeza acumulada y devuélveme la alegría sencilla de los hijos que se saben amados.
Me duermo con el corazón abierto a lo que vas a hacer. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.