
Amado Dios, termina el lunes y te doy gracias porque llegamos a casa. No siempre valoro lo que significa que todos estemos bajo el mismo techo, sanos y con algo para cenar.
Tú nos conoces a fondo. Sabes de nuestras alegrías y de nuestras cuentas pendientes, de lo que soñamos juntos y de lo que cada uno guarda en silencio. No hace falta disimular delante de ti.
Te pido paz para esta casa: que no haya gritos ni silencios que hieran, que sepamos escucharnos y que la última palabra de cada día sea de cariño. Te pido también bienestar: salud para el cuerpo, estabilidad en el trabajo y lo necesario para vivir con dignidad.
Bendice el esfuerzo de cada uno y haz fecundo lo que sembramos. Si alguno se siente débil, sostenlo; si alguno se aleja, tráelo de vuelta con delicadeza.
Nos dormimos confiados en tu cuidado. María, madre de las familias, ruega por nosotros. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.