
Padre amoroso, ha llegado la noche de este viernes y con ella el final de una semana más. Me acerco a ti con el corazón agradecido y también un poco cansado, para dejar en tus manos todo lo que he vivido en estos días.
Gracias por los esfuerzos que pude realizar, por las metas alcanzadas y hasta por aquellas que quedaron pendientes, porque en todo me has enseñado algo. Gracias por las personas que me ayudaron, por las sonrisas que recibí y por la fuerza que me diste cuando sentía que no podía más.
Hoy, viernes, contemplo a Jesús que entregó su vida por amor. A los pies de su cruz pongo mis errores de esta semana: las impaciencias, los descuidos, las palabras que hirieron y el bien que dejé de hacer. Lávame con tu misericordia y dame un corazón nuevo, capaz de empezar otra vez.
Te entrego también lo que me preocupa: los asuntos sin resolver, las tensiones en casa o en el trabajo, y las inquietudes que a veces me quitan el sueño. No quiero cargarlas durante el descanso. Tú conoces cada situación mejor que yo, y en ti pongo mi confianza.
Bendice el fin de semana que comienza. Que sea un tiempo de descanso verdadero, de encuentro con mi familia, de alegría sencilla y de cercanía contigo. Protege a quienes viajan, a quienes trabajan esta noche y a quienes se sienten solos. Que ninguno se sienta olvidado por ti.
Virgen María, Madre que permaneciste firme junto a la cruz, acompáñame en este descanso. Ángel de mi guarda, vela mi sueño y el de mis seres queridos, para que despertemos en paz y con esperanza.
Me duermo en tus brazos, Señor, como un hijo que confía en su Padre. Gracias por esta semana y por tu amor que nunca se cansa de mí. Amén.